97/98: Capítulo Ocho

Ocho. O lo que es lo mismo, cuatro más cuatro o dos elevado al cubo, o… bueno, eso. Ocho. Ese es el número de capítulo que toca esta semana, como cada martes. Este nuevo capítulo vendrá seguido de una pausa veraniega, para que podáis disfrutar de un mes de agosto tranquilo y dedicado a la relajación y a los chiringuitos de playa. En septiembre volveremos con el siguiente capítulo.

Si tenéis algún capítulo pendiente u os gustaría revisar los publicados hasta ahora, no olvidéis que los tenéis todos en el siguiente enlace: 97/98:Lista de Capítulos.

 

97/98: Capítulo Ocho

 

Conocí a Ana, mi Ana, en un concierto de los Rolling Stones en el verano de 2007. Ese día tocaban como teloneros Loquillo y los Trogloditas, un grupo que nunca me había gustado demasiado, más que nada porque Loquillo siempre me cayó como el culo. El caso es que mientras mis amigos disfrutaban de aquellas canciones, yo estuve durante todo el concierto en una de las barras del fondo del estadio, tomándome unas cervezas. A mi lado había una chica rubia, muy mona, a la que por lo visto tampoco le interesaba Loquillo. Empezamos a hablar de música, de nuestros grupos y terminamos hablando de nuestras vidas y profesiones. Recuerdo que mientras sonaba Cadillac Solitario, casi al final del concierto, le pedí su número de teléfono. No me dio ninguna excusa, sólo me pidió que le dejara mi móvil, marcó el número y se llamó a sí misma. Mientras me mostraba su móvil iluminado y sonando, con mi número en la pantalla, me dijo que lo hacía para que viera que no me estaba engañando. Así era ella, hacía las cosas a su manera y sin pensar en lo que los demás pudieran opinar.

Esa fue la primera vez que la vi. No sé si por caprichos del destino, pero la última vez que nos vimos fue justo ocho años tras nuestra primera cita —dos días después de aquel concierto—, el treinta de Junio. Yo estaba en la puerta del piso que habíamos compartido hasta entonces, cargado con una caja llena de las últimas cosas que me faltaban por recoger. Ella me observaba de pie apoyada en la pared del otro lado del pasillo. Desde allí, sus últimas palabras fueron «cierra la puerta cuando salgas, porfa».

Tras algo más de diez minutos, Ana, la profesora, salió de la sala de profesores. Llevaba una carpeta azul en la mano derecha y un bolígrafo en la izquierda. Se acercó al banco donde yo estaba y se sentó a mi lado.

—Perdona por hacerte esperar —empezó diciendo—, pero tenía que revisar unas cosas antes.

—No pasa nada. No tengo mucho más que hacer —dije intentando reflejar tranquilidad.

—Está bien —dijo mientras abría la carpeta y sacaba unos papeles—. Según esto, el año pasado no tuviste muy buenos resultados que digamos, por lo menos en latín. Por otro lado, aunque en literatura obtuviste un notable, tengo unas anotaciones aquí de la profesora anterior que dicen que tu actitud fue bastante deficiente y que no te merecías la nota que obtuviste. ¿Algo que comentar respecto a esto?

Ahí estaba. Sabía que ese tema iba a ser mi talón de Aquiles, por lo menos para intentar convencerla. Agaché la cabeza intentando parecer avergonzado, respiré hondo y me preparé para iniciar el discurso que me había preparado.

—Sí, tiene usted razón. El año pasado no fue todo lo bueno que uno hubiera esperado.

—Puedes tutearme, no hace falta que me trates de usted —dijo algo sorprendida.

—De acuerdo—dije y retomé mi monólogo—. Como te decía, el curso anterior no fue lo que yo hubiera esperado. Por diferentes motivos que no vienen al caso, tuve varios problemas familiares, sobre todo con mi padre. Él estudió Filología Hispánica en la universidad, aunque no pudo terminarla porque se tuvo que poner a trabajar tras la muerte de mi abuelo, para poder mantener a su hermano y a mi abuela. El caso es que a mi padre siempre le habría gustado que yo siguiera sus pasos, pero yo, imagino que por llevar la contraria más que por otra cosa, siempre hacía hincapié en que prefería las ciencias a las letras. Sin embargo, el año pasado no pude librarme de cursar latín y literatura porque eran obligatorias como ya sabes —Ella asintió sin decir nada, por lo que seguí hablando—. Para evitar que mi padre me siguiera dando la paliza con el tema de estudiar letras, bajé el pistón al mínimo, sobre todo en latín, para que viera que no se me daba bien y me dejara tranquilo. En literatura no lo hice tan exagerado porque en realidad sí me gustan los libros y disfruto con cada lectura. Simplemente hice lo justo y aun así conseguí sacar un siete de nota media. Como podrás comprobar en mi expediente, en todas las demás asignaturas no bajo del ocho. Soy buen estudiante, simplemente fue una fase por la que pasé y una actitud que a día de hoy no comparto. A todo esto, súmele. Perdón, súmale, la presión por parte de mi madre para que estudie algo de provecho, como una ingeniería.

—Pues vaya una forma curiosa de fastidiar a tu padre— observó—. ¿Y qué ha cambiado en estos meses para que ahora sí quieras estudiar letras?

—El cáncer —respondí mientras la miraba directamente a los ojos—. Pocas semanas después de terminar el curso, a mi padre le diagnosticaron cáncer. Sé que no tiene nada que ver, pero eso me hizo pensar y darme cuenta que mi manera de hacer las cosas no fue la correcta. No le engaño, me gustan las ciencias, no me importaría convertirme en ingeniero, pero también me gusta leer y escribir. Durante el verano he estado leyendo libros de la biblioteca que tiene mi padre en casa y le he ido cogiendo el gustillo. Incluso he hecho mis pinitos con algunos relatos. Pienso que sería una manera de ayudarle a llevar mejor la enfermedad. He leído que en muchos casos de cáncer, una actitud positiva marca diferencias. Y yo quiero echarle un cable en todo lo que pueda.

Ella se quedó observándome unos segundos, sin decir nada. Supuse que estaba sopesando si lo que le acababa de contar era verdad o me lo había inventado.

La historia era verdad, en parte. A mi padre sí le diagnosticaron cáncer, pero eso sería durante mi primer año de carrera. Mi afición por la lectura también llegó a raíz de su enfermedad, sobre todo desde el momento en que ésta le superó y nos dejó sólo ocho meses después del primer diagnóstico. Leer sus libros era lo más parecido a estar cerca de él y me gustaba imaginar lo que él podría pensar de esta o de aquella historia. Lo que sí que era mentira es que él quisiese que yo siguiera sus pasos. Nunca me presionó, nunca me dijo que estudiara filología o historia. Lo único que recuerdo que me comentó un día fue que hiciera lo que me gustase, que mientras disfrutara con ello, nunca me arrepentiría de haberlo elegido. Por lo tanto, elegí ciencias, que aparte de gustarme, tenía más salidas profesionales que las letras, como mi madre no dudaba en recordarme.

—De acuerdo —dijo al cabo de unos segundos—. No sé si me estás mintiendo, si es así, te felicito porque has conseguido que te crea. Te expresas de una forma muy convincente para un chico de tu edad. ¿Pero estás seguro de que es lo que quieres? Es muy noble por tu parte querer ayudar a tu padre y dice mucho a tu favor, no sólo como hijo, sino también como persona. Sin embargo ¿no crees que estás condicionando tu futuro al intentar ayudarle? Hay otras maneras de echar una mano que no comprometan tu carrera profesional. Porque ten en cuenta que el cambio es muy drástico y aunque mi profesión me guste, también soy realista y tu madre tiene parte de razón. Las carreras de ciencias tienen a día de hoy, por desgracia, más futuro que las de letras. No te quiero engañar, tengo muchos compañeros de la universidad que no han encontrado trabajo todavía y a los que les espera un futuro laboral muy negro.

—Gracias por los consejos, pero sí, lo tengo claro— le dije volviendo a mirarla a los ojos y esta vez fue ella quién bajó la cabeza—. Lo de mi padre simplemente es lo que ha inclinado la balanza. Si hago algo, quiero que sea porque me gusta, no por influencias externas. Y aunque me cueste encontrar un puesto de trabajo acorde a mis estudios, por lo menos nadie me quitará el tiempo que pasé y disfruté empapándome de tan diverso conocimiento.

—Veo que lo tienes claro —dijo volviendo a levantar la mirada—, y comparto tu punto de vista. Pero si lo de tu padre ha inclinado la balanza como dices, ¿Qué hay del resto? Dime por qué a ti, personalmente, te gustaría estudiar letras.

Aquí estaba el segundo tema que estaba esperando y al que me dispuse a contestar con unas frases que recordaba haber leído en internet, mientras buscaba información para estudiar literatura a distancia.

—Pues verás, las letras y creo que la literatura en particular, son útiles para reconocer lo asombroso de lo común, de lo cotidiano. Nos ayudan a vernos a nosotros mismos tal y como otros lo hacen y para saber que no estamos solos. Sirven para apreciar porqué los demás son como son y para desarrollar empatía hacia diferentes personas, culturas y creencias.

—Un discurso muy bonito y bien preparado —comentó mientras sonreía—. ¿Algo más que añadir?

—Sí, que nos ayudan a beneficiarnos del conocimiento de otros.

—Muy buena esa última. Me la apunto para una de mis clases.

—Es toda tuya —dije intentado sacar mi lado más seductor, aunque quizás aquello, dada la diferencia de edad, quedara un poco ridículo.

—En fin… —dijo sacando un papel de la carpeta y entregándomelo—. Toma, rellénalo y que lo firme uno de tus padres. Me lo traes mañana junto con una fotocopia del DNI del que lo haya firmado ¿vale?

—Sí, claro —dije sin poder ocultar mi satisfacción— no te vas a arrepentir, de verdad.

—Eso espero, porque te voy a exigir más que a los demás. Quedas avisado.

—Entendido —dije asintiendo con la cabeza.

—Por cierto —dijo sacando otro papel de la carpeta—, esta es la lista de libros que te tienes que leer durante el curso. Puede ser en el orden que quieras, pero al terminar cada libro me tienes que entregar un ensayo. En la hoja ya explica lo que tienes que comentar en el trabajo. Si tienes alguna duda, me la preguntas en la próxima clase, ¿de acuerdo?

—De acuerdo… —le dije mientras cogía la hoja y le echaba un vistazo por encima. Me había leído casi todos los títulos de la lista—. Estos ya me los he leído —pensé en voz alta.

—¿Ya te los has leído? Pues entonces te será más fácil hacer el trabajo —comentó un tanto molesta—. Esos son los que tenéis que leer durante el curso según el plan de estudios, y por los que se os evaluará. Si te quieres leer otros adicionalmente yo no seré quién te lo impida —dijo,  luego cerró la carpeta bruscamente y se levantó. Yo me levanté también.

—Lo siento —le dije—, no pretendía ir de listillo. En realidad no me los he leído todos —mentí—. Haré el trabajo de los que me he leído, no hay problema. Además que de la gran mayoría ya ni me acuerdo.

—¿Y qué propondrías como alternativa? —me preguntó mientras abrazaba la carpeta con ambas manos y se la acercaba al pecho—. Para los que ya te has leído, me refiero.

—Pues… eh… no sé —dije intentando no meter la pata. Aunque sí tenía unos cuantos títulos en mente, no estaba seguro de si habían sido publicados antes o después de aquel año. Por lo que traté de capear el temporal lo mejor que pude—. Si dejas que me lo piense, te hago una lista de unos cuantos libros y te la entrego el próximo día en clase ¿vale?

—¿Una lista…? Está bien —respondió al tiempo que relajaba un poco el gesto.

—Creo que algunos podrían ayudar a…

De repente noté unos brazos rodeándome por detrás, seguidos por un «¡Hola!». Di un respingo y me giré para ver quién era. Resultó ser una chica morena de pelo rizado y grandes ojos oscuros, que me llegaba a la altura de los hombros.

—Hola… —dije mientras me liberaba de su abrazo.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó mientras me cogía de la mano.

—Eh… estoy hablando con Ana —dije todavía confundido mientras señalaba a Ana con el dedo.

—Bueno —comentó Ana dibujando una sonrisa en su cara—, yo os dejo, tortolitos. Si mañana no estoy en la sala de profesores —dijo dirigiéndose a mí—, dale los papeles a cualquier profesor y que los deje en mi bandeja.

—Vale —le contesté mientras la veía desaparecer de nuevo tras aquellas puertas verdes. Entonces mi vista viró hacia la chica que tenía mi mano entre las suyas y no dejaba de mirarme.

—¿Te pasa algo?

—No, nada, Silvia —dije dando las gracias mentalmente a Joaquín por haberme recordado su nombre.

—¿Vamos a dar una vuelta? —Y diciendo esto, se acercó y me besó en los labios, a lo que reaccioné apartándome de golpe.

—¿Qué haces? —dije separándome de ella un poco más.

—Pues besarte. ¿Se puede saber qué te pasa? —dijo mientras se acercaba hacia mí.

—Perdona —dije tratando de asimilar lo que acababa de pasar—. Vamos… hasta la una y media no tengo que estar en casa.

Metí los papeles en mi mochila y eché a andar detrás de ella.

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