97/98: Capítulo siete

Os presento el séptimo capítulo de 97/98, mi primera novela. Podéis seguir todos los capítulos publicados hasta ahora en este post: 97/98: Lista de capítulos.

97/98: Capítulo siete

De camino a clase, me venían a la mente muchos recuerdos que había olvidado hacía años. Desde que dejé el instituto después de la selectividad, no había vuelto a poner el pie allí. Pasear de nuevo por aquellos largos pasillos, subir las escaleras que tantas veces había andado y ver de nuevo aquellas puertas verdes tan características de las que fueron mis aulas, despertó en mí cierta nostalgia y aumentó mis ganas de experimentar cosas nuevas con aquella situación en la que me veía envuelto. Subimos hasta el tercer piso, el último, y tomamos el ala izquierda. Joaquín y Efrén se metieron en la primera puerta a mano derecha.

—Nos vemos luego —dijo Joaquín mientras desaparecía en el interior del aula.

—Vale —contesté—. Oye, David ¿sabes cuál es mi aula?

—Creo que la última de la izquierda, la mía es la de la derecha.

Aquel tramo del pasillo tenía cuatro aulas, con dos puertas para cada una, la delantera y la trasera. Justo al final del pasillo había una ventana que daba al exterior, desde la que se veía el pinar y el parque. Llegamos hasta el final y David se metió en su aula, no sin antes despedirse de mí con una palmada en la espalda.

Me quedé solo y me acerqué a la ventana mientras los alumnos iban desapareciendo por las diferentes puertas. Contemplé el exterior a través de los cristales. El parque municipal se extendía hacia el sur rodeado de edificios de diferentes alturas y colores de muchas tonalidades. El paisaje no era especialmente bonito, pero lo que me trasmitía iba más allá de cualquier sensación que hubiera experimentado en mucho tiempo. El bullicio empezó a disminuir y al cabo de un momento, era la única persona allí presente. Permanecí observando a través de la ventana lo que aquella vista me ofrecía hasta que una voz interrumpió mis pensamientos.

—¿Perdón? —le pregunté a la silueta que me observaba desde la otra parte del pasillo.

—¿Que por qué no estás en clase? —me contestó una chica joven, que no parecía una alumna. Tenía que ser una profesora.

—Eh… es que no sé cuál es mi aula —dije intentando buscar alguna excusa.

—¿A qué clase vas?

—Voy a tercero B.

—Pues es esta de aquí —dijo señalando la puerta de su izquierda—. Lo pone en la puerta.

—Ah… vale. No me había dado cuenta —le respondí mientras me acercaba a la puerta y a ella.

Al tenerla frente a mí, comprobé que en efecto era joven, pero no parecía una profesora. Tendría poco más de veinte años, quizás recién salida de la facultad. Era pelirroja, con el pelo largo y ondulado, de piel pálida. Su pequeña nariz estaba salpicada de pecas, pero lo que más destacaba en su cara eran unos ojos claros de un color que no supe identificar. Me quedé contemplándola embobado.

—¿Vas a entrar a clase o qué? —me preguntó

—Sí, voy —dije al tiempo que cogía el pomo de la puerta y la abría.

Entré en el aula y una gran parte de los alumnos giraron sus cabezas para ver quién era la persona que acababa de entrar en clase. Había entrado por la parte de atrás. Cerré la puerta y comencé a buscar un sitio libre con la mirada. El profesor, que estaba escribiendo algo en la pizarra, se dio la vuelta y al verme me indicó que había un sitio libre en primera fila. Fui al lugar que me había indicado y mientras avanzaba a través de los pupitres de los demás alumnos, reconocí muchos rostros, aunque no recordaba la mayoría de sus nombres. Tomé asiento y saludé a la alumna que había a mi derecha, de quien me acordaba perfectamente: Raquel Soler, una chica bastante simpática pero un poco tímida, con el pelo largo y castaño, recogido con una coleta. Con el paso de los años se convirtió en toda una belleza por la que perdían el culo todos los chicos, yo incluido. Pero nosotros, los chicos, resultó que no éramos lo que a ella le gustaba. Hacía poco que había visto por Facebook que se acababa de casar con su novia y se la veía muy feliz.

—¿Ha dicho algo el profesor? —le pregunté.

—Aún no —me dijo con voz muy suave—. Sólo ha escrito su nombre en la pizarra y luego ha empezado a dibujar esa tabla. Creo que es el horario.

—Gracias. Por cierto, soy Adri.

—Yo, Raquel —me comentó mientras jugaba con su coleta y se sonrojaba.

Me hizo gracia la situación, quizá por aquel entonces aún no tendría muy claros sus gustos. Pero la escena era un clásico: una chica que se ruborizaba mientras hablaba con un chico de su edad. Si yo hubiera tenido realmente dieciséis años, seguramente estaría pasando por sensaciones similares a las de ella. Pero aquellas situaciones de adolescencia hacía tiempo que las había dejado atrás, y era una lástima. Tal vez, en cierta manera las relaciones entre los adultos no resultaban muy diferentes, sin embargo cuando tratabas con gente mucho más joven, intentabas mostrarte superior o por lo menos jugabas con la experiencia y la seguridad que aquellos chavales no tenían.

El profesor, terminó de dibujar en la pizarra y se dirigió a los alumnos.

—Buenos días a todos —comenzó a hablar—. Mi nombre es David Serrano y seré vuestro tutor y profesor de Inglés durante todo el curso. A continuación —dijo cogiendo una hoja que había encima de la mesa—, pasaré lista para comprobar que no falta nadie. Y para asegurarme que ninguno se ha equivocado de aula, os recuerdo que esta es la clase de tercero B.

Todos los alumnos nos lanzamos miradas curiosas entre nosotros, por si de verdad alguien se había equivocado de clase, pero no fue el caso. Dicho esto, empezó a pasar lista. Mientras iba diciendo los apellidos y nombres de todos los que nos encontrábamos allí, me fijaba en cada chico y chica que levantaba la mano, para asociar aquellos rostros con sus nombres. La combinación de apellidos y nombres me era muy familiar y en mi cabeza surgían imágenes que relacionaban a aquellos chavales con sus versiones adultas que conocía. A algunos de ellos no los había vuelto a ver tras dejar el instituto, pero con muchos otros, a través de las redes sociales o directamente en persona, había interactuado en los últimos años.

Pasamos la siguiente hora copiando la información que nuestro tutor nos iba facilitando sobre las diferentes asignaturas y los horarios para cada una de ellas. Por si fuera poco y por aprovechar el tiempo, según palabras del tutor y a pesar de las quejas de todos los alumnos, comenzamos repasando algunos conceptos de inglés. Yo intentaba no participar en la dinámica de clase, prefería permanecer como mero espectador. Mi nivel de inglés era bastante alto, lo usaba diariamente en el trabajo y aunque de gramática hacía tiempo que no estudiaba nada, todo lo que estaban comentando me aburría mucho. Tras poco más de cuarenta minutos repasando conceptos, sobre las once y media, el tutor dio por terminada la clase y nos emplazó hasta dentro de dos días, que era cuando empezaba el curso para nosotros oficialmente.

Los compañeros empezaron a salir del aula y yo me acerqué a la mesa del tutor para hablar con él. Lo recordaba como un buen profesor aunque sus clases eran muy aburridas. En el trato con los alumnos era bastante correcto y prefería que le tuteáramos. Tendría poco más de treinta años y charlar con él sería como hacerlo con un amigo.

—Hola, David—le dije— me gustaría hablar contigo un momento.

—Hola, sí claro. Perdón ¿cuál era tu nombre?

—Adrián Dorado —respondí.

—Muy bien, Adrián. Dime ¿en qué te puedo ayudar?

—Verás…estoy matriculado en la rama de ciencias, pero me gustaría cambiarme a letras.

—¿Cambiarte? ¿Y eso por qué?

—Es complicado…—empecé diciendo, y acto seguido le solté lo que me había preparado—. En casa, mi padre opina una cosa y mi madre otra. Él es un entusiasta de las letras, estudió Filología, pero nunca ejerció. Mi madre por el contrario piensa que debo estudiar algo que tenga futuro, una ingeniería y cree que estudiar letras es una pérdida de tiempo. Así que al final me decidí por ciencias, para que no hubiera problemas en casa, ni ahora, ni en el futuro. Pero durante el verano he seguido dándole vueltas y el caso es que he llegado a la conclusión de que prefiero estudiar algo que me guste, con lo que me divierta y no hacerlo por obligación. Quizás cuando acabe la universidad no me sea fácil encontrar trabajo, pero por lo menos habré hecho lo que me gusta.

—Vaya, veo que lo tienes claro —comentó mientras empezaba a recoger sus cosas—. Ven conmigo, vamos a hablar con el jefe de estudios a ver si es posible. Por mi parte no hay problema, pero no soy yo el que lo decide. Tendrías que cambiarte de aula y por tanto de tutor, por lo que el nuevo tutor tendrá que dar el visto bueno.

—Muchas gracias —dije—. Sé que es una situación poco común, pero de verdad que aprovecharé al máximo el cambio. Estoy…

—Tranquilo —me interrumpió—. A mí no me tienes que convencer. Resérvate tus palabras para los demás —Metió todas sus cosas en la cartera, la cerró y se la colgó del hombro—. Venga vamos, que cuanto antes lo aclaremos, mejor para todos.

Salimos del aula y nos dirigimos escaleras abajo hacia dirección o hacia el aula de profesores, no lo sabía con seguridad. Los pasillos habían quedado desiertos y por las ventanas se veían varios grupos de chavales, repartidos por allí y por allá, charlando de sus cosas y riéndose con sus bromas. Resultó que nuestro destino era la sala de profesores. Durante el trayecto hasta allí, no intercambiamos ninguna palabra. No sé en qué estaría pensado él, pero yo aproveché para reflexionar sobre la estrategia que debería usar. Tenía que convencer al profesor (y quizás al jefe de estudios) de que me permitieran cambiarme. Estaba seguro que mi rendimiento en las asignaturas de letras del curso anterior saldría a colación y debía pensar una respuesta convincente. Al llegar a la puerta de la sala de profesores, me pidió que esperara un momento fuera. Entró y cerró la puerta tras de sí, dejándome allí solo.

Me entretuve leyendo los carteles y documentos que colgaban del tablón de anuncios que había al lado de la puerta. Tras unos minutos, ésta se abrió y David apareció acompañado de otra persona. Era la chica pelirroja que me había llamado la atención unas horas antes por no estar en clase.

—Adrián —dijo David—, esta es Ana Ruiz, profesora de Lengua y Literatura y tutora de tercero C.

—Hola —dije intentando disimular mi sorpresa.

—Vaya, tú otra vez —dijo con cierto retintín—. Por lo que parece estás empeñado en buscar excusas para no estar en el aula que se te ha asignado.

—¿Ya os conocíais? —preguntó David extrañado.

—Lo descubrí esta mañana en el pasillo haciéndose el remolón para no entrar a clase.

—No estaba haciéndome el remolón —protesté—. Estaba pensando en mis cosas y perdí la noción del tiempo.

—En cualquier caso —continuó David—, le he comentado a Ana tu situación y estaría dispuesta a aceptarte en su clase, pero antes quiere hablar contigo.

—Sí, claro —comenté—. Lo que haga falta.

—Mira, espérame ahí —dijo ella señalando un banco que había al lado del tablón de anuncios—. Tengo que terminar unas cosas y salgo en diez minutos.

—Vale —respondí.

—Pues ya me comentas cómo habéis quedado —le dijo David a Ana—. Si Jesús te pregunta, por mí no habría ningún problema, la decisión la dejo ya en vuestras manos. Y a ti —dijo dirigiéndose a mí— si no nos vemos en clase el miércoles, nos veremos en inglés en cualquier caso. Que tengas suerte.

Y tras decir esto se marchó con su cartera colgada del hombro dejándonos a los dos allí solos.

—Pues espérame ahí —me dijo de nuevo Ana— que ahora salgo.

Y acto seguido desapareció tras la puerta sin darme tiempo a responder, dejándome allí, envuelto en su fragancia y con la cabeza hecha un verdadero lío. «Ana» —pensé—«¿Tenía que llamarse precisamente Ana?».

 

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