97/98: Capítulo seis

Os presento el sexto capítulo de 97/98, mi primera novela. Podéis seguir todos los capítulos publicados hasta ahora en este post: 97/98: Lista de capítulos.

97/98: Capítulo seis

El instituto era un gran edificio de color rojizo que se encontraba en un terreno elevado, colindante al parque municipal. Tenía forma de cruz, con todos los lados de la misma longitud, como el símbolo de cruz roja.

En la entrada había una gran puerta corredera de color verde, por la que entraban los vehículos. A su izquierda, sobre la acera, estaba la puerta para los que entraban andando. Tras cruzar la gran puerta, recorrías unos cincuenta metros de calle, que normalmente estaba llena de coches y motos, aparcados en batería a ambos lados. Durante el curso, la puerta permanecía cerrada en horario lectivo y quien quisiera entrar o salir debía tocar el timbre. A la una y media de la tarde abrían las puertas para que los alumnos que terminaban antes las clases pudieran irse a casa sin problemas y ya permanecía abierta hasta las tres y media o más tarde.

Al final de la calle había una gran escalera que subía hasta al nivel dónde se encontraba el instituto. En esa esquina de la cruz que formaba el edificio, la sureste, estaba la entrada principal. Había bancos repartidos por varios lugares, donde los alumnos pasaban las horas de descanso o hacían tiempo antes de entrar a clase. En las esquinas nordeste y noroeste había una gran pista de fútbol y dos pistas de baloncesto respectivamente. La pista de fútbol tenía una grada en un lateral mirando hacia el edificio, donde los estudiantes también pasaban sus ratos libres. Detrás de la grada había una pista de frontón, que se usaba para muchas otras cosas. La esquina suroeste estaba ocupada en su mayor parte por un pinar que daba al parque. Ese era el lugar dónde los alumnos se refugiaban para tener más intimidad, fumar o saltar la valla y hacer novillos.

Joaquín y yo cruzamos la puerta de la entrada y enfilamos la acera que nos llevaba hasta las escaleras. No había muchos vehículos aparcados, lo que más abundaba eran las scooter, entre las que predominaba el modelo Tifon. También reconocí unos cuantos Vespinos y alguna que otra Derbi Variant. Había más modelos, pero mi conocimiento nunca fue muy amplio. Al llegar a la escalera, Joaquín se detuvo delante de un chico rubio con gafas que estaba sentado en un escalón, fumando. Tenía el pelo muy corto, casi como un militar. Y a pesar del calor, llevaba unos vaqueros largos y una camiseta de la película Tiburón donde se veía al escualo emerger del agua enseñando todos los dientes. Yo permanecí en segundo plano.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Joaquín.

—Nada, que han dicho por ahí que las listas aún tardarían un rato en salir. Así que me he venido aquí abajo a fumarme un cigarro tranquilo, arriba hay demasiado agobio de gente. ¿Vosotros qué tal?

—Bien. Le estaba contando a Adri cómo terminé el sábado después de salir del pub. Los chupitos no me sentaron nada bien.

—¿Y tú Adri, qué tal el cumpleaños? —me preguntó el chico pillándome por sorpresa. Me sonaba mucho su cara, pero no caía en quién era.

—Bien. Mis padres me regalaron un amplificador y estuve trasteando con él todo el día —respondí sin tener ni idea de lo que en realidad había hecho el día anterior.

—¿Era el que querías?

—¿El amplificador? Eh… sí, dieron en el clavo.

—Oye, ¿vamos subiendo? —preguntó Joaquín, parece que hay movimiento por ahí arriba.

—Vamos —dijo el chico, apagó el cigarro en el suelo y se levantó. Subimos detrás de él.

Al llegar arriba y ver a toda aquella gente, una extraña sensación se apoderó de mí. Empecé a sentir algo parecido al miedo. Una cosa era interactuar con una o dos personas, pero ahí había decenas. Me sentía como un impostor al que iban a descubrir en cualquier momento. Una gran multitud de chicos y chicas se agolpaban en un par de ventanas del edificio, donde había colgadas unas pocas hojas de papel de color blanco. Las hojas parecían estar pegadas desde dentro.

—Oye, Efrén —dijo Joaquín—. ¿Qué asignaturas te has cogido al final?

«¿Efrén? —pensé intentando hacer memoria— claro, ya sé quién es, Efrén López. Al finalizar tercero sus padres se mudaron a otra ciudad y él tuvo que dejar el instituto. Nunca he sabido nada más de él, ni siquiera lo tengo en Facebook. Era amigo nuestro desde primero. Nos juntábamos él, Joaquín, yo y… ¿quién era el otro?»

—…paso de las matemáticas —le estaba contando Efrén a Joaquín—. Espero que las de letras sean más fáciles.

—A mí me gustaría estudiar algo como Administración y Dirección de Empresas o Económicas —comentó Joaquín—. Y para eso no me hace falta ni Química ni Física. Lo que me jode es tener que estudiar Griego.

—Tú te has pillado ciencias al final, ¿no? —me preguntó Joaquín.

—Sí —le respondí.

Al terminar el curso anterior, elegías qué rama querías estudiar. Yo elegí ciencias, por lo que aparte de las asignaturas comunes, tenía las que conformaban la rama de la especialidad: Física y Química, Matemáticas y Ciencias Naturales. Además, estaban también las denominadas E.A.T.P. (Enseñanzas y Actividades Técnico-Profesionales), donde se seleccionaba una asignatura de entre las ofertadas en cada centro. En el caso de nuestro instituto, éstas podían ser: diseño, informática, francés o fotografía. Yo acabé escogiendo informática.

—¡Qué putada! —Exclamó Efrén—, así seguro que no estamos los cuatro en la misma clase.

—¿David también va a hacer letras? —le preguntó Joaquín.

«Claro, David —por fin recordaba quién era el cuarto de nosotros—. Estaba también en mi equipo de fútbol. Con él sí que mantuve el contacto incluso después de la universidad. Pero hace ya unos años que se fue a vivir al extranjero y no lo volví a ver».

—Sí. Creo que quiere estudiar Filología o un rollo de esos —respondió Efrén.

—Filología no es ningún rollo —comenté—. Simplemente no tiene salidas profesionales más allá de la enseñanza. Pero lo que se estudia es muy interesante.

—Pues si tanto te gusta, ¿por qué te has apuntado a ciencias? —protestó Efrén.

—Justamente por eso, por las posibles salidas profesionales —le respondí—. De todos modos, aunque quisiera, las listas ya están cerradas y no me puedo cambiar de especialidad.

—Sí que puedes —dijo Joaquín—. Mi vecino se cambió el año pasado, tras unas semanas de empezar el curso.

—¿Se puede? —pregunté con incredulidad—. ¿No me jodas?

—Que sí —insistió Joaquín—, pregúntale a tu tutor o al jefe de estudios. ¿Estás pensando en serio en cambiarte?

—Pues sería una posibilidad…

En ese momento me estaban rondando dos ideas por la cabeza. Una era la de hacer exactamente lo que hice dieciocho años antes y estudiar las mismas asignaturas. Otra en cambio, era la de cursar otra especialidad, poder ir a clase con mis amigos y estudiar algo que de verdad me gustara, que me apasionaba en realidad.

En mis años de instituto no solía leer mucho, salvo los libros que te mandaba el profesor de turno. Aborrecía leer y todo lo que lo rodeaba, estudiar autores, sus vidas, sus influencias… lo veía como una obligación. De vez en cuando, un profesor nos hacía leernos un libro que nada tenía que ver con los típicos que se tenían que leer en bachillerato. Ese libro podría tratar sobre un adolescente, una historia de amor en el espacio, o sobre una sociedad futura en plena decadencia. Eran libros distintos a lo habitual, que al final te acababan enganchando. Pero eso ocurría muy raras veces. La gran mayoría de profesores se ceñían a los libros recomendados por el plan de estudios. El caso es que con los años y ya desde la universidad, me aficioné a la lectura gracias a mi padre. Devoraba un libro tras otro, clásicos, contemporáneos, ciencia ficción, históricos, románticos, poesía… lo que fuera. Incluso escribí relatos, poemas, cuentos y un guión para una película, que por supuesto nunca envié a ningún sitio. Aunque mi profesión me gustaba, me di cuenta que en el fondo hubiera disfrutado más habiendo estudiado una carrera de letras, como Historia o Filología Hispánica. Dudé unas cuantas veces en si matricularme en alguna universidad a distancia y hacer, por simple afición, Filología. Pero al final nunca me decidía.

Así que ahí la tenía, la posibilidad de disfrutar durante un año de uno de mis hobbies favoritos e indagar más en ello. Si lo pensaba bien, mis dos grandes aficiones, la literatura y la música, estaban relacionadas con las letras. Y la química, aunque también me gustaba, era simplemente lo que me daba de comer.

—¿Vamos a ver dónde nos ha tocado? —comentó Joaquín—, parece que ahora hay menos gente.

—Vamos —dijimos Efrén y yo al unísono.

Nos acercamos al grupo de gente que había delante de los grandes ventanales. Mientras Joaquín y Efrén saludaban y recibían saludos de distintos chicos y chicas, yo seguía dándole vueltas a la posibilidad de cambiar de asignaturas y no me fijaba en las personas que me rodeaban. De repente alguien me dio una colleja y me di la vuelta rápidamente.

—¡Empanao! —me dijo un chico alto, moreno y con unos grandes ojos verdes— ¿Que si sabes en qué clase te ha tocado?

Lo miré fijamente. Conocía a ese chico. Era David.

—¿Eres gilipollas o qué te pasa? —exclamé un poco fuera de mí.

—Ja,ja,ja, tranquilo fiera —dijo con tono burlón—. Te estaba hablando y no me hacías ni caso.

—Perdona —dije algo avergonzado— es que estaba pensando en una cosa. No, no sé en qué clase me ha tocado aún. Iba a comprobarlo ahora. ¿Y tú?

—En tercero C, con algunos compañeros del año pasado y muchos otros a los que no conozco.

—¿No vas ni con Joaquín ni con Efrén?

—Se ve que no —dijo mientras se encogía de hombros—. Hay cinco aulas este año, dos de ciencias, dos de letras y una mixta

—¿Y cómo se las apañan los de la mixta? —le pregunté por simple curiosidad. No recordaba que hubiera una clase mixta ni sabía cómo se podía organizar aquello.

—Que yo sepa, las comunes y las de ciencias sí las dan allí porque son más. Los que han elegido letras tienen que venir a nuestras aulas.

—Pues estoy pensando en cambiarme a letras, antes de que empiece el curso. Dice Joaquín que se puede, aunque yo creía que no. Bueno, en realidad nunca me lo había planteado.

—¿A letras tú? —preguntó extrañado— ¿Y a cuento de qué?

—No lo sé, me apetece —le comenté sin saber muy bien cómo explicarlo—. Siento que es algo que quiero hacer y que voy a disfrutar muchísimo más.

—Pero si el curso pasado aprobaste Latín por los pelos y en Literatura no dabas ni chapa.

—«Mierda, es verdad» —pensé.

Recordé que al terminar segundo, tuve una discusión con la profesora de Literatura porque me puso un bien a pesar de que mi nota media era de siete. Su argumento fue, que no me había esforzado lo suficiente y no creía que mereciera el notable. El jefe de estudios tuvo que mediar y al final me pusieron la nota que me correspondía por mis resultados, que no por mi actitud: un notable.

—Ya lo sé tío —le comenté—, pero he cambiado de idea.

—Por lo menos a tu padre le habrás dado una alegría, ¿no?

—¿Eh?, si… bueno… aún no lo saben. Pero seguro que a él le parece bien, otra cosa será a mi madre…

En ese momento volvieron Joaquín y Efrén y saludaron a David.

—Nos ha tocado juntos a los dos —dijo Joaquín entusiasmado—, en el D.

—Tú estás en el B, Adri, y tú David en el C.

—Ya lo sé, lo he visto antes —dijo David—. Pero bueno, aún puedo ir con Adri, que dice que se quiere cambiar a letras.

—Ah… ¿pero que va en serio eso de cambiarte? —preguntó Efrén.

—Creo que sí, pero hasta que no hable con mi tutor y con el jefe de estudios, no puedo saber si es posible.

Se escuchó el timbre que anunciaba el inicio de las clases y que para ese día en concreto, indicaba que teníamos que dirigirnos a nuestras aulas para que el tutor nos diera la información para el curso nuevo.

—¿Nos vemos después en las gradas? —preguntó David.

—Vale —dijo Efrén.

—A mí no me esperéis —les dije con intención de escabullirme—, que si tengo que hablar lo del posible cambio me llevará un rato y a saber cuándo termino.

—Pásate cuando acabes que seguro que aún estamos por allí —insistió David.

Asentí por no alargar más la conversación y nos dirigimos junto a decenas de chicos y chicas hacia el interior del edificio.

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