97/98: Capítulo cinco

Os presento el quinto capítulo de 97/98, mi primera novela. Podéis seguir todos los capítulos publicados hasta ahora en este post: 97/98: Lista de capítulos.

97/98: Capítulo cinco

Una vez en la calle, la idea de presentarme en el instituto no me pareció tan buena. Empezaba a asimilar que lo que me estaba pasando nada tenía que ver con un sueño y que había muchas posibilidades de que todo aquello fuera real. Y si de verdad era real ¿qué era lo más sensato? ¿Seguir el camino ya recorrido o hacer lo que me diera la gana?

Recordé lo que habíamos hablado la noche anterior Jaime y yo en el bar, las reglas que nos impusimos y en especial, las ventajas que le veíamos a la situación. Desde nuestra perspectiva todo parecía la hostia, pero quizás pasáramos por alto algunas cosas, por no decir muchas. El principal problema que veía en aquel momento era que yo era un adulto en el cuerpo de un chaval de dieciséis años recién cumplidos, que debía actuar como un chico de esa edad. Sin embargo, apenas recordaba lo que era tener esa edad y cómo se suponía que me debía comportar. No era, ni de lejos, la misma persona que fui dieciocho años atrás y por lo tanto, mis actos, mis reacciones ante cualquier circunstancia, nunca serían las de un adolescente. Y aunque consiguiera parecer un chaval como otro cualquiera, ¿Podría comportarme igual que lo hice en su momento? Imposible. Si ni me acordaba de lo que había hecho la semana anterior, como para acordarme de lo que hice hace años. Por otro lado, una parte de mí sentía curiosidad por vivir esa experiencia y sacar partido de las (supuestas) ventajas que mi madurez y el conocimiento de los eventos futuros me proporcionarían.

Si las reglas que decidimos crear se iban a cumplir, no tendría que preocuparme de lo que sucediera pues al terminar ese año volvería a despertarme en mi realidad futura, después de mi cumpleaños, o eso esperaba. La segunda regla ya era una realidad y sólo mi mente adulta había viajado al pasado. La primera entonces se debería cumplir también. Sólo faltaba un año para averiguarlo.

Tras ver que aparentemente no tenía una opción mejor, decidí darle una oportunidad a aquella aventura y jugar mis cartas de la mejor manera, intentando ser sensato pero al mismo tiempo dejándome llevar. Tendría que fingir de vez en cuando y comportarme de forma distinta a como lo haría mi yo de treinta y cuatro años. Estaría rodeado de adolescentes, por lo que tendría de dónde inspirarme en todo momento.

Emprendí el camino en dirección al instituto. No se tardaban más de quince minutos desde la puerta de casa, o eso recordaba, por lo que me tomé mi tiempo y fui andando mientras me fijaba en el entorno. Tenía la sensación de que todo era más pequeño a como lo recordaba, las calles, los edificios, las distancias… A partir de los veinte años ya alcancé mi estatura adulta de un metro con ochenta y cuatro centímetros. Sin embargo, con dieciséis años, aunque ya había dado el estirón, todavía no llegaba al metro ochenta. Por eso me sorprendió que aun siendo más bajo, poco, pero algo más pequeño, las cosas parecían haber encogido bastante. Llevaba mucho tiempo sin recorrer aquellas calles, por lo que puede que aquel hecho también influyera en mis sensaciones.

Pero no era sólo el tamaño lo que me llamaba la atención, sino también el hecho de verlo todo muy antiguo, pasado de moda: los modelos de coches que circulaban por las calles estaban ya obsoletos en el año 2015. Aquellos comercios con sus rótulos de colores, pintados a mano o con luces de neón eran ya cosa del pasado o de alguien muy hortera. Y esas aceras con su cenefa característica, los semáforos, las papeleras, las farolas… todo parecía un decorado. Me sentía como si estuviera en un capítulo de Cuéntame. La ropa que llevaba la gente con la que me cruzaba por la calle, sus peinados, sus complementos, todo aquello reflejaba un periodo de nuestra historia que muchos habíamos olvidado ya, al subirnos al carro de la falsa prosperidad. Pero la verdad es que no habían pasado ni veinte años.

Pasé junto a un quiosco, que tenía una pila de periódicos amontonados en la puerta. Cogí uno y me fijé en la fecha: 8 de Septiembre de 1997. Leí algunos titulares: «Calcuta llora a la madre Teresa». «La respuesta popular contra ETA vuelve a sorprender a los partidos». «El R.Madrid gana 0-2 al Salamanca…». Definitivamente, aquello no podía ser un sueño, era imposible que yo retuviera tanta información, tan precisa y detallada. En los sueños nunca se ven los detalles o se leen los textos, por lo menos yo nunca había podido, al igual que nunca había podido abrir ningún cajón. Pasé algunas páginas y llegué hasta el horóscopo. El día para mi signo, Virgo, decía: «Hoy lunes, se presentan ante ti múltiples posibilidades. Vas a deber estudiarlas todas bien y, conforme tu poder de resolución o Libre Arbitrio, decidir aquello que encaje en tu vida. Sabes que eres el único responsable de tu vida y de tu destino, con lo que no culpes entonces a absolutamente nadie de tu elección, aunque esta sea errada…». Y ahí dejé de leer. Yo nunca había creído en la astrología, pero por primera vez, le vi sentido a lo que me contaban esas líneas y estaba dispuesto a seguir sus consejos. No era como esas personas que cuando leían las predicciones para su signo, si les gustaba lo que describía, entonces creían, si no, entonces eran tan sólo chorradas. Aquello era demasiada casualidad, demasiado conectado con mi actual situación y quizás, por una vez, tenía que hacerle caso.

—Eh, chaval —me dijo el quiosquero desde el interior— esto no es una biblioteca. Si quieres leer el periódico, lo compras, y si no, ya lo estás dejando en su sitio.

—Perdón —le dije mientras lo cerraba y lo dejaba encima de los otros periódicos—, sólo estaba viendo los resultados del fútbol. Ya lo dejo. Lo siento.

—¿Lo siento? ¿Y ahora quién me va a comprar un periódico usado?

—Ya le he dicho que lo siento. Sólo quería ver cómo había quedado el Atleti, no es para ponerse así. Está prácticamente igual que como lo cogí.

—Anda y tira para la escuela —exclamó en tono amenazante mientras venía hacia mí—, que es dónde tendrías que estar.

—Tranquilo, jefe —le dije una vez lo tuve frente a mí, plantándole cara—, que le va a dar un ataque por un puto periódico.

Me di la vuelta y seguí mi camino, dejándole despotricando sobre mi conducta y los malos modales de la juventud de hoy en día. Era la segunda vez, en poco más de una hora, que había sacado a un adulto de sus casillas. Al parecer me había metido muy bien en mi papel de adolescente.

Llegué a la esquina del parque que estaba antes de llegar al instituto y me detuve justo en la entrada. Dudé en si debía rodearlo, cogiendo la ruta larga, o atajar tomando el camino que cruzaba el parque por el interior. No quería llegar demasiado pronto. Fue entonces cuando escuché a alguien a mis espaldas que parecía que me estaba llamando y me di la vuelta para ver quién era.

—¡Adri, Adri, espera! —gritaba un chico gordo y moreno mientras venía corriendo hacia mí.

Miré en todas direcciones y no vi a nadie cerca, por lo que supuse que sería a mí a quién se dirigía. El chico llegó a mi altura, se detuvo jadeando y se inclinó apoyándose con las manos en las rodillas mientras recuperaba el aliento. Tras unos segundos, con la cara roja y la frente llena de sudor, se incorporó. Llevaba una camiseta de color blanco unas cuantas tallas más grande de lo que le correspondía. Pensé que sería para tratar de disimular su gordura, aunque el sudor ya empezaba a transpirarle la tela y le estaba formando marcas alrededor del cuello y las axilas. El pantalón pirata que llevaba puesto tampoco ayudaba a mejorar su imagen.

—Llevo… un bueno rato… llamándote… —hizo una pausa más larga y tomó aire— ¿No quedamos ayer en que pasaba a buscarte? Te he tocado el timbre y tu madre me ha dicho que ya te habías ido.

—Eh…lo siento —dije dubitativo—, se me ha olvidado. Ya sabes, con la emoción de empezar el instituto…

—¿Emoción? Tú lo que querías era ver a Silvia.

—¿A Silvia…? —dije mientras intentaba hacer memoria— Qué va tío. De verdad que se me había olvidado que habíamos quedado. Estaba pensando en mis cosas, sólo eso —Entonces me acordé que Silvia fue una chica que había conocido aquel verano y con la que estuve saliendo unos cuantos meses, hasta poco después de Navidad. Era un año más joven que yo, aunque muy espabilada para su edad y para mí en aquella época.

—¿Y qué tal el ampli nuevo? ¿Le diste caña anoche o qué?

—¿El ampli? Eh… sí, sí, estuve hasta las tantas. Una pasada la verdad.

Entonces caí en quién era él, Joaquín, mi amigo desde el colegio. También era el bajista de la banda que formaríamos ese mismo año con otros tres chicos. Joder, sí que estaba cambiado. La última vez que lo había visto, hacía ya unos cuantos años, era una mole de metro noventa, con músculos como mi cabeza de grandes y propietario de una de las salas de conciertos más populares de la provincia. Joaquín Angulo, el Juaquinaco, menudo pieza. Tardó en dar el estirón, pero cuando lo hizo nos pasó a todos de largo. Al terminar el instituto se matriculó en un módulo de grado superior, creo que de comercio. Se pasaba todas las tardes en el gimnasio y las que no, ensayando con su grupo. Llegó a estar en varias bandas, más o menos importantes, con las que salió de gira más de una vez y hasta tocó de telonero de grupos de renombre en el panorama nacional, como Extremoduro o Rosendo. Al final acabó metido en aquel mundillo y con los contactos que hizo montó la sala El Principal, dónde por lo visto se forró a base de bien, hasta que la crisis de 2008 puso todo patas arriba. Desde entonces no lo había vuelto a ver, ni sabía nada de él.

—Tenemos que probarlo —dijo—. Hablé ayer con mi primo Carlos y dice que él puede conseguir un local para ensayar y encima gratis.

—Ah, bien, de puta madre —le dije mientras volvía a hacer memoria—. Tu primo Carlos tocaba la batería ¿No?

—Sí, pero está empezando. Le he escuchado tocar y no lo hace mal. Nos podemos juntar con él esta semana, cuando salga de trabajar y lo hablamos.

—Vale, me parece perfecto.

Las piezas empezaban a encajar. Así fue más o menos como recordaba que habíamos empezado a formar el grupo, en el local de su primo Carlos. Pasamos buenos ratos allí encerrados tras las clases.

—¿Has escuchado el compacto que te dejé? —me dijo interrumpiendo mis pensamientos.

—¿Qué compacto?

—El de Dover. ¿Qué te parecen?

—Ah… no están mal —respondí—. Es el mejor de todos.

—¿De todos? —preguntó con sorpresa—, si sólo tienen este y otro que sacaron hace dos años pero que casi nadie conoce.

«Mierda» —pensé—. «Tengo que estar más atento».

—Sí bueno, quería decir que de ese tipo de grupos el primero que se conoce suele ser el mejor. Con los siguientes las expectativas son más altas y suelen defraudar. Por cierto ¿Qué hora es? —pregunté intentando cambiar de tema.

—Las nueve y veinticuatro —dijo tras comprobarlo en su reloj calculadora.

—Pues habrá que ir yendo ¿no? No vayamos a llegar tarde el primer día —lo cogí por los hombros y lo zarandeé cariñosamente—. ¡Juaquinaco!

—¿Qué dices? —me preguntó un tanto despistado.

—Nada, nada. Cosas mías… —le dije mientras sonreía y nos adentramos en el parque—. Hoy va a ser un gran día.

 

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