97/98: Capítulo cuatro

Os presento el cuarto capítulo de 97/98, mi primera novela. Podéis seguir todos los capítulos publicados hasta ahora en este post: 97/98: Lista de capítulos.

97/98: Capítulo cuatro

Al cabo de un momento, tras calmarme un poco y con la piel de gallina del frío que sentía, me levanté y decidí darme una ducha, pero esta vez abriendo también el agua caliente. Al terminar y una vez eliminadas las secuelas de mi pequeño momento de angustia, me vestí por segunda vez.

Reflexioné un instante y determiné que tenía que enfrentarme a aquella situación. Debía averiguar qué estaba pasando y cuánto de sueño o realidad tenía aquello que estaba viviendo.

Al abrir la puerta del baño me encontré a un niño, que estaba esperando para a entrar. Era mi hermano Juanjo.

—Déjame entrar que me estoy cagando —dijo.

Sin saber cómo reaccionar, me aparté para dejar que pasara, no le dije nada, salí y cerré la puerta. Me quedé mirando un momento la puerta del baño, intentando comprender lo que acababa de pasar. ¿Acababa de cruzarme a mi hermano de doce años? ¿No había notado él nada raro en mí? Me quedé absorto durante un instante, asimilando la situación, hasta que volví a concentrarme en lo que tenía que hacer.

Allí estaba, solo en mitad del pasillo, a mi izquierda el baño, a mi derecha mi habitación y hacia delante estaba el resto de la casa. La alfombra, los cuadros, las luces, el olor… todo era tal y como lo recordaba, sobre todo el olor.

Desde el fondo del pasillo llegaba el sonido de unas voces, supuse que sería la radio de la cocina. Me imaginé a mi madre, como cada mañana, haciendo diez cosas a la vez, mientras escuchaba su programa matinal. Fui acercándome con sigilo, mirando hacia atrás todo el tiempo, con la sensación de haberme colado en una propiedad ajena e intentando que el dueño no me descubriera. La puerta de la cocina estaba abierta y al llegar a la altura del marco pude ver, en efecto, a mi madre, de espaldas a mí. Llevaba su bata puesta y estaba fregando los cacharros que había en la pila, mientras vigilaba dos ollas que tenía en el fuego. Me quedé observándola un momento. ¡Qué joven estaba! Tendría poco más de cuarenta años y unos cuantos kilos de más, pero se la veía radiante y llena de vitalidad. El pelo suelto le descansaba justo sobre los hombros, demasiado largo comparado a cómo lo había llevado los últimos tiempos, pues cada año se lo cortaba un poco más. Lo que no había cambiado era el tono, mantenía su rubio característico, aunque parecía que aún no había echado mano del tinte para lograrlo. Su cara conservaba todavía algún rasgo de juventud, sin rastro de ojeras y con pocas arrugas. Estaba guapa y debió de haberlo sido mucho más en sus buenos tiempos. A mis ojos, la versión de ella que contemplaba, distaba mucho de la que recordaba. Incluso pensándolo detenidamente, tendría la edad de muchos de mis amigos actuales. «Qué pena mamá —pensé—. Qué mal te ha tratado la vida».

Mi madre era la hija pequeña de unos comerciantes de telas, que viajaron desde su pueblo en una provincia del interior del país hasta nuestra ciudad. Según me había contado alguna vez, su tío, que vivía por nuestra zona, fue el que convenció a su hermano, mi abuelo, de que aquella era la mejor zona para un comerciante de telas. Y allí se trasladó el matrimonio Fernández con sus dos hijas pequeñas, Rosa, la mayor, y Remedios la pequeña.

Apenas conocí a mis abuelos maternos ya que murieron cuando yo era muy pequeño. Cuando falleció mi abuela, un año antes que mi abuelo, yo apenas contaba con cuatro años de edad. Juanjo no tenía ningún recuerdo de ellos. A mi tía Rosa la veíamos muy poco y sólo en fechas señaladas como Navidad o cumpleaños, cuando íbamos a visitarla al hospital psiquiátrico en el que llevaba años ingresada. Para mi madre aquello era un tema tabú y nunca conseguimos que se hablara de forma abierta sobre la situación y los problemas de mi tía. Para Juanjo y para mí, era simplemente una extraña.

Verla de aquí para allá en la cocina era una estampa que tenía grabada en la memoria, tan cotidiana, que por un momento no me sentí fuera de lugar en absoluto. Tras unos segundos se percató de mi presencia.

—Ya era hora dormilón —me dijo—, tómate el Colacao que ya estará frío.

—Buenos días ¿No hay café?—pregunté mientras entraba en la cocina y me disponía a tomar asiento.

—¿Café? ¿Desde cuándo el señorito toma café?

—Eh…—me quedé en blanco, quieto, sin saber qué decir. Hacía años que no tomaba leche con Colacao para desayunar y sin café por la mañana no era persona. Intenté salir del paso—. Estaba de broma, mamá —dije al fin.   

—¿De broma…?¿Es que estuviste hasta tarde tocando la guitarra?

—No lo sé —contesté mientras me acomodaba en la silla—, no me fijé en la hora.

—Bueno, esta vez pase porque tenías que estrenar el regalo de cumpleaños, pero en cuanto empiecen las clases nada de tocar hasta las tantas, ¿eh? —dijo mientras apuntaba hacia mí con una cuchara de madera.

—Sí, mamá —dije con una sonrisa.

—Sí, mamá, no —dijo—, que nos conocemos. Que este año es importante y tienes que estudiar más.

Asentí y cogí el paquete de galletas que había encima de la mesa. La leche estaba fría, en efecto. Mientras mojaba aquellas galletas que hacía años que no probaba y con las noticias como banda sonora, me fijé en todas las cosas de la cocina. Todo estaba donde siempre había estado: los armarios, la mesa con sus cuatro sillas, la nevera llena de imanes aunque pocos todavía, el mueble auxiliar con las dos cestas para la fruta y las verduras…todo, salvo el microondas, que recordaba que su sitio habitual era a un lado de la encimera y no encima del mueble auxiliar. Mi madre se opuso desde el principio a que compráramos un microondas porque creía que era un trasto inútil y que además provocaba cáncer. Pero con el tiempo acabó siendo esencial en sus tareas culinarias y lo reubicó en un lugar más adecuado, dada la importancia que adquirió. La puerta de salida a la galería estaba abierta y desde mi posición pude ver la antigua lavadora y lo que reconocí como mi bolsa de deporte encima de ella. Pero lo que sin duda permanecía igual, inalterable, era mi madre yendo de un lado para otro.

—¿Y papá?

—Tu padre hace ya una hora que se fue a trabajar —me contestó mientras le daba vueltas al contenido de las ollas con la cuchara.

—¿Come hoy aquí?— pregunté.

—Claro, como siempre. ¿Por qué lo preguntas?

—No, por nada…—dije mientras pensaba en él, en el tiempo que hacía que no lo veía, y en todo lo que le echaba de menos.

—¿A qué hora tienes que estar en el instituto? —me preguntó al cabo de un tiempo.

—¿En el instituto? —dije— Mmm… no sé. A las 9 creo —dije sin darle importancia a mi respuesta. Ni siquiera sabía qué hora era.

—¡¿A las 9?! —dijo dándose la vuelta y lanzando sobre mí aquella mirada acusadora— ¿Y qué haces ahí haciendo el ganso? ¡Que son menos diez! ¡Tira y arréglate ya, que vas a llegar tarde!

Me levanté, sin dejar de sonreír, dejé la taza medio llena en el fregadero y le di un beso en la mejilla.

—Y encima se ríe— dijo— ¿Se puede saber qué te hace tanta gracia?

—Nada mamá, que tienes razón. Que mejor me doy prisa que voy a llegar tarde.

Salí de la cocina y la dejé sola con sus cosas, mientras se quejaba en voz alta sobre la edad del pavo y el año que le esperaba.

Mi hermano ya había dejado libre el baño y supuse que había vuelto a su habitación. «¿Es que él no tenía que ir al colegio?». Entré y me lavé los dientes con el que sabía que era mi cepillo, que estaba donde siempre había estado. Busqué el hilo dental, pero luego recordé que en casa nunca habíamos usado. Esas fueron costumbres que cogí durante los años que viví con Ana. Tardé un rato en peinarme, hacía mucho tiempo que no tenía el pelo tan largo y me llevaba su tiempo arreglarme todos los rizos. Esa era una de las razones por las que en los últimos años lo llevaba tan corto, por ahorrarme tiempo. Entré en mi habitación y cerré la puerta. No sabía muy bien qué hacer, ni si sería buena idea lo de ir al instituto. Además, no me acordaba de para qué tenía que ir. «¿Qué se supone que tenía que hacer hoy en el instituto?, ¿Habrán empezado ya las clases?, ¿No es demasiado pronto?». Me acerqué al escritorio a ver si encontraba algo que me refrescara la memoria, pero allí sólo estaba mi radiocasete, unos auriculares y el disco compacto de Dover, «Devil come to me». En el suelo, al lado del escritorio descansaba mi mochila, la cogí para ver qué había dentro y… ¡Bingo! Junto con mi carpeta llena de pegatinas y el estuche, había un papel en el que reconocí el sello del Instituto:

I.E.S Miguel Hernández – Curso académico 97/98

Se informa a todos los alumnos que la publicación de listas con la nueva distribución de aulas será el 8 de Septiembre a las 9:30.

Se ruega traigan papel y bolígrafo para tomar nota de los horarios y material requerido para el nuevo curso, de los que informará cada tutor a sus alumnos.

Atentamente,

El jefe de estudios.

Ya estaba claro entonces, hoy era día 8 —el día después de mi cumpleaños— y tenía que ir al instituto para ver la publicación de las listas y los horarios de clase. Hacía tanto tiempo de aquello que ni me acordaba de cuál era el procedimiento habitual que se solía hacer a cada comienzo de curso. Ese día, recordé, ibas al instituto y comprobabas qué clase te habían asignado, con qué compañeros tendrías que compartir el curso y quiénes serían tus profesores. Nunca solían ser puntuales con la publicación de las listas, ya fueran del nuevo curso, como de las notas de los exámenes finales. Por lo tanto, tenía tiempo de sobra.

Me dispuse a inspeccionar mi habitación, había cosas de las que mi memoria carecía de registro alguno. En la estantería encima de mi cama tenía mi colección de discos, clásicos para mí, pero muchos  de ellos habían salido ese mismo año o un par de años antes. Estaban el Nevermind de Nirvana, el Dookie de Green Day, el Black Album de Metallica, El vals del obrero de Ska-p… conté más de treinta compactos, todos de rock o pop, nacionales e internacionales. Con los años había ampliado mis gustos musicales y no era tan reacio a otros estilos distintos del rock como lo fui en mi juventud. Podía escuchar desde Iron Maiden hasta Sinatra, pasando por el flamenco o la canción de autor. Me gustaba todo tipo de estilos y estaba abierto a nuevas experiencias siempre y cuando les encontrara cierta calidad. Aunque siempre intenté huir de las radiofórmulas y nunca pude con el Reggaetón o Electrolatino, aquello era superior a mí.

Abrí el estuche de la guitarra que reposaba a los pies de la cama. Allí estaba, mi primera guitarra eléctrica, una Dakota que me costó unas treinta mil pesetas; dinero que había ahorrado ayudando a mi padre durante los fines de semana y las vacaciones. No era un modelo muy bueno que digamos, pero para un principiante era suficiente. Tampoco me podía permitir nada mejor. El amplificador que había al lado, un Peavey Bandit 112 de cien vatios, había sido mi regalo de cumpleaños. Mis padres se habían portado muy bien, como siempre. El problema era que en casa casi nunca lo podía usar, molestaba a mi familia y los vecinos se quejaron más de una vez. Es por eso que tenía que tocar casi siempre con los auriculares puestos. Los que estaban encima del escritorio.

El despertador de la mesita marcaba ya las nueve y cinco. Me puse las zapatillas que había en el suelo al lado del escritorio y cogí la mochila. Tenía cierta curiosidad por ver mi viejo instituto y a mis antiguos compañeros y profesores, a quienes hacía años que no veía. Aunque todavía recelaba que todo aquello fuera real.

Al salir de mi habitación, vi que mi hermano había vuelto a encerrarse en el baño. Con doce años, tanta incontinencia no era normal y tenía una buena explicación, aunque él lo intentara disimular. Sonreí. «¿Estará pensando en chicas o en chicos?» —pensé cerrando la puerta de mi habitación. Al pasar por la cocina, mi madre seguía con sus quehaceres.

—Me voy —dije—, las listas se publican a las nueve y media. Voy bien de tiempo.

—No olvides las llaves. ¡Ah! Y a la una y media aquí para comer, no llegues tarde.

—Sí, mamá —le respondí mientras cogía mis llaves que colgaban del llavero de pared que había detrás de la puerta de casa. Mis llaves estaban acompañadas por un llavero con una bandera pirata, con su calavera y sus tibias cruzadas. Todavía tenía ese llavero.

Al cerrar la puerta, instintivamente me llevé la mano al bolsillo delantero del pantalón buscando… el móvil. «¡Joder! No había caído en que en esta época no usábamos móviles». Mientras bajaba las escaleras hasta el portal, fui pensando en los posibles inconvenientes que mi actual adicción al móvil y la falta de éste, podrían generarme en el día a día. En esas cosas no habíamos caído Jaime y yo, he aquí una gran desventaja a la que me tendría que adaptar. Abrí la puerta de la calle y salí hacia el exterior.

Anuncios

One thought on “97/98: Capítulo cuatro

Y a ti ¿qué te ha parecido?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s